El Campello ha decidido que, durante las fiestas de Moros y Cristianos, el centro urbano no se atraviesa: se interpreta. Del 11 al 16 de octubre, el coche pasa de vehículo particular a pregunta filosófica, el vado entra en modo suspense y el GPS empieza a recalcular con la voz temblando, como si lo hubieran metido en una filà sin desayunar.
La base real la publicó El Periòdic este 9 de octubre: desde las 15.00 horas del día 11 hasta las 05.00 del 16 se prohíbe la circulación y el estacionamiento de vehículos no autorizados en el circuito festero del casco urbano. La web del Ayuntamiento de El Campello también recoge hoy el aviso entre sus noticias de fiestas. Hay ventana de acceso para carga, descarga y vados entre las 07.30 y las 10.30, salvo zonas afectadas por carpa o actos festeros.
El centro se cierra y el volante se pone lírico
La medida es razonable: si una calle va a soportar música, trajes, pólvora emocional, mercado medieval y vecinos con agenda festera, quizá no necesita además un turismo intentando pasar “solo un momentico”. Pero claro, en todo municipio mediterráneo hay siempre alguien convencido de que su recado tiene rango de salvoconducto.
“Achávo, yo no quería aparcar, quería dejar el coche reflexionando cerca de casa”, explicó un conductor con cara de haber descubierto la palabra perímetro.

Residentes sí, pero con documento y madrugón
Los residentes podrán acceder acreditando que viven dentro del circuito, sin tarjetas especiales expedidas por la Policía Local. Traducido al idioma de la calle: vale demostrar que aquello es tu casa, pero no vale presentarse a las ocho de la tarde con el maletero lleno y la frase “si son dos minutos”.
La provincia ya conoce estas liturgias de fiesta y logística. Ahí está La Vila levantando al personal con el Desembarc, que convirtió el despertador en arma festera, o Crevillent montando un mercado medieval con quesos en misión oficial, donde hasta el queso parecía necesitar acreditación medieval. El Campello aporta ahora la variante del cono solemne: ese objeto naranja que no habla, pero manda más que una comisión.
“Chico, calla: el cono no tiene cargo público, pero aquí todo el mundo le obedece”, sentenció Tere Barrera, mirando una valla como quien mira una ordenanza con patas.

El residuo cero también pide sitio en la comparsa
El aviso de tráfico llega en una semana en la que El Campello también ha movido campaña de residuo cero para las fiestas, según recoge su agenda municipal. Es decir: no solo hay que saber por dónde entrar, sino también dónde dejar el vaso, la servilleta y la dignidad después de preguntar tres veces por la misma calle cortada.
La imagen es poderosa: contenedores, vallas, comparsas y vecinos compartiendo escenario. La modernidad local no era un dron grabando desde arriba, sino una papelera puesta donde toca y un señor aceptando que el coche, por una vez, no es el protagonista.
Conclusión con mapa, cono y resignación marinera
Del 11 al 16 de octubre, El Campello será una coreografía de fiesta y movilidad: quien vaya al centro tendrá que entrar con cabeza, horario y poca fe en el atajo milagroso. A cambio, el municipio ganará calles para la fiesta, algo de orden y esa conversación eterna de barra: “pues yo por ahí antes pasaba”.
“Si el GPS recalcula otra vez, lo apuntamos a la escuadra cristiana y que desfile”, remató Vicent Recalculao, vecino de brújula cansada.
